Continuando con el maratón de Glauber Rocha, nos toca hablar de su tercer largometraje: "Tierra en trance".
"Ya es imposible esta fiesta de medallas, este feliz aparato de glorias, esta esperanza dorada en los gobiernos. Ya no es posible esta marcha de banderas con la guerra y con Cristo en el mismo lugar"
Rocha y su particular aproximación al Cinema Novo brasileño, se aparta por un momento de la realidad inmediata de este país para construir una metáfora de la historia de toda América Latina. Eldorado, un país ficticio que podría localizarse a lo largo del continente y cuyo nombre no deja de representar los ideales más extremos desde la época de la Conquista, alberga una convulsa revuelta política que muestra, sin necesidad de un contexto exacto, lo que ha sido el caos y la lucha y la desilusión que ha constituido gran parte de la historia reciente de Latinoamerica.
Esta lucha se muestra a través de opuestos: dos candidatos de distintos partidos políticos y un artista/activista que se mueve entre ambos. Porfirio Diaz es un político procedente del partido conservador, el que se encuentra al poder y es respaldado por las fuerzas revolucionarias; Felipe Vieira es un populista cuya fama crece a partir de presentarse como una alternativa al partido causante de todos los problemas sociales al momento. Paulo Martins es un poeta y periodista comprometido que oscila entre ambos políticos y sus partidos, tratando de comprometer su propia integridad pero dándose cuenta de que pese a las aparentes diferencias entre sus ideologías políticas, la situación no deja de ser la eterna puesta en escena en búsqueda del poder.
La película es una metáfora clara de la situación política en Brasil durante la época de los 60, pero es también un retrato lo suficientemente amplio sobre corrupción, el deseo de poder, la desilusión del activismo y una cuidada introspección de la maleable naturaleza humana, como para poder fácilmente leído a luz de casi cualquier movimiento político latinoamericano y de otros países. Las recurrentes y poéticas imágenes de armas, cruces y banderas, hacen de la película un poderoso drama humano en que la cuestión política termina por representar las diversas facetas de la condición humana.
No se necesitan demasiado visionados para entender por qué es Glauber Rocha no sólo uno de los más destacados directores brasileños sino uno de los más incisivos críticos de América Latina. Con una estructura y personajes perfectamente bien construidos, una estética más que adecuada y una serie de historias llenas de significados, sus producciones son tan fantásticas como ricas en lecturas.
Y todavía nos falta hablar un poco más de él.
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