7.10.14

Y para cerrar este pequeño maratón de Glauber Rocha, es necesario hablar de la pieza más importante y reconocida de su filmografía, que es también uno de sus primeros largometrajes y probablemente la mejor representación de las propuestas del Cinema Novo: "Dios y el Diablo en la Tierra del Sol".



"Vamos, no tenemos nada que llevar, a no ser nuestro destino"
"Dios y el Diablo en la Tierra del Sol" condensa muchos de los elementos que hemos referido del cine de Rocha en las reseñas anteriores. Esos aires entre el Neorrealismo Italiano y la Nouvella Vague, esa cuidadísima estética y la recreación casi mágica del Sertón, la compleja crítica social que no teme vestirse de metáforas y símbolos. Y la religión y el desierto, y la pobreza y la revolución. Todo ello tiene tiempo y espacio en esa Tierra del Sol que son los desiertos brasileños durante los convulsos años 60.

Manuel y Rosa son dos campesinos cuyo humilde intento de tener algo propio termina con el abuso del patrón, seguido del asesinato del mismo a manos de Manuel. Sin nada que perder se sumergen en el desierto donde tendrán un encuentro, a modo casi de fábula ancestral, con Dios y el Diablo. O con el Dios y el Diablo que pueden tener lugar en ese universo: un auto-proclamado santo que busca instaurar su propia religión, y un bandido que vive acorde a su propia y arbitraria ley. Entre ellos aparece también la figura antes referida de Antonio das Mortes, un mercenario cuyo propósito es justamente asfixiar esos destellos individuales de rebelión en un momento en que todo es revolucionario. 

De las películas que hemos mencionado de Rocha, es ésta la que más fielmente se acerca a su propia teoría de la estética del hambre. Una reflexión sobre la violencia en el cine latinoamericano y la incapacidad que tienen sus creadores de comunicarla al exterior: lo que el espectador foráneo mira como vanguardia, como estilo, para Latinoamérica es una despiadada realidad inmediata. Una realidad que Rocha asocia palpablemente con el hambre, y que nosotros podremos identificar en ese desesperado protagonismo de Manuel y Rosa, representaciones últimas de una sociedad cruel y demasiado cercana. 

Con sus 25 años tras la cámara, Glauber Rocha logra uno de los mejores retratos del cine latinoamericano en una película que destila magia y realismo por igual. Llena de símbolos que se vuelven laberintos y que tras una aparente sencilla estructura narrativa nos involucra en una crítica feroz y maravillosamente presentada. Siguiendo su premisa de filmar con poco más que una cámara y una idea, Rocha marca desde sus inicios la pauta de un cine tan propio como nacional. Tan abarcador como el enorme desierto del Sertón, espacio fantástico de sus encuentros, y tan íntimo como esos complejos y extraños personajes que recrea. 

Y si esto no es una invitación para que ustedes también se adentren en su filmografía, no sé qué lo sea.




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4 comentarios:

  1. A mi casi me has convencido :p

    A ver que toca ahora tras Rocha

    Saludos.

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  2. Realmente esta es la película con la que más me has abierto las ganas, no solo por tu texto, si no por esa maravilla de fotogramas que has elegido. Se va a la cabeza de la lista.

    Abrazos.

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